Página blanca

Estaban en la cama, sentadas, viéndose fijamente… Ella trataba de mentir con la mirada, y no sabía cómo descifrar la mirada de su compañera.
- Es sólo que… Te veo mentir todo el tiempo. Le mientes a tu familia, a tus amigos, y eso me deja pensando… Qué tanta verdad me dices? O si soy la excepción… Si sólo yo se tus verdades. Pero eso me parece muy arrogante y vanidoso…
Rodó una lágrima por su nariz, llegó a la punta y se desplomó en la cama. Plaf.
Estaban desnudas hace 20 minutos aproximadamente. Ella quería amarla, y su compañera, enojada, sólo quería alejar la mente de aquel lugar. Es curioso lo que puede provocar una llamada… De querer, pasaron a hacer por hacer.
- Quieres seguir conmigo?
Ella se quedó inmóvil. Realmente no sabía cómo responder esa pregunta. Sentía que estaba ahí por que, bueno, llevaban 5 años en pareja y sentía que eso debía significar algo. Su compañera tenía una mirada suplicante, a pesar de lo fuerte que solía ser, de lo segura. Llegaron al punto íntimo en que ninguna se defendía, en que ninguna trataba de dañar y se sintió un calor en el aire. Era extraño, sintieron como si estuviesen junto a una fogata.
- Si… Tu me haces feliz. Lo que no sé es si yo te hago feliz a ti. La verdad, creo que ya de un tiempo acá no lo hago.
- Claro que no. No presumas de saber lo que quiero, o lo que siento, sin preguntarlo. El que me ames no te da derecho a decir acerca de mi sentir. Y yo te amo, y quiero estar a tu lado cuando podría estar en cualquier otro lugar, por que tu me haces feliz… Quizá no ahorita, quizá no después de lo que acabas de hacer, pero sí lo haces…
Ninguna habló por un minuto exacto. Se veían; Ella admiraba su rostro. Siempre había sido hermosa, y le gustaba contemplar sus facciones finas, no delicadas, pero bellas al fin. No pudo evitar sonreir (si es que a esa mueca que hizo en los labios se le puede dar ese nombre).
- ¿Qué?
- Nada… Eres hermosa. Es todo.
- No… Tu lo eres, flaquita.
- No… No lo soy.
Ella bajó la cara; su compañera la agarró suavemente de la cadera, impulsándola hacia enfrente, para acercarse. La recostó en su pecho, y dijo:
- ¿Por qué siempre que te digo eso, me dices que no? ¡Me enojas! Si sabes lo hermosa que eres…
- No es que quiera alimentar mi ego, ni mi vanidad… Discúlpame… Es sólo que me gusta que me lo digas; no es como si me lo dijera mi mamá, o yo misma por las mañanas. Es que me lo dices Tú.
Para Lilia

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