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Ahí estaban los dos cuerpos. Se movían produciendo el calor que necesitaban para volver a fundirse en esa única pieza perfecta. Aristófanes no podía haber estado equivocado. Volverían a ser la primera mujer. Se miraron por última vez a los ojos. Sus miradas deshilaban el tejido de sus pupilas. Respiraron el aliento de la otra mientras sus manos exploraban aquél otro cuerpo hermoso e imperfecto. Recostadas una sobre la otra se acariciaron, recorrieron con la yema de sus dedos su órgano más extenso. Sus dos manos podían tomar sus dos senos, sus dos piernas, su cadera. Podía dibujar una silueta de colores imaginarios pasando sus manos por las curvas que la torneaban. Dejaban sus pieles expuestas en ese lugar donde sabían que sólo la otra la vería y al tocarla no la dañaría. Entonces las caricias comienzan a entibiar y endulzar los cuerpos. Las manos que tocan, hierven. El cuerpo que es tocado, escurre. Salivan. Se mojan los labios. Se erizan sus pieles. Se miran y gimen. Con su...