Pluvia.

"Está lloviendo otra vez", me dijo.
Ya había transcurrido un año desde que nos volvimos a encontrar. 
Me tomó la mano. Volteamos la cabeza para encontrarnos en miradas. Nos sonreímos dulcemente. 
A veces no era necesario decir más que eso. "Está lloviendo otra vez". Y llovía afuera, y llovía adentro, y llovía en nuestro recuerdo, y llovía en nuestros ojos. 
Bastaba con esa frase para repasar en nuestras mentes cada uno de esos momentos que nos fueron marcando, que nos acercaban tímidamente, que me invitaban a sentir tu tibieza, a acariciar lentamente con mi mirada cada sonrisa que dabas, erizados mis poros misteriosamente cada que llegabas a nuestros encuentros nada casuales en los que, sin querer, sin planeación y curiosamente, llovía. Entonces, tú sonreías tiernamente al verme hacer malabares y piruetas con el paraguas (porque soy torpe en muchas de esas tareas de la vida cotidiana, tales como enarbolar correctamente una sombrilla aunque sea de esas cosas en las que nadie tiene dificultad por realizar y que, como yo simplemente no puedo, a ti tiende a crearte esa sensación que entonces era un misterio para ti, algo en tu corazón que saltaba y bailaba sin razón aparente) y después de un "lo llevo yo, si quieres" yo me abrazaba a tu brazo para que el agua de aquella tormenta (¿la recuerdas?) no se colara hasta mi cuerpo y me empapara (ajá. Por eso me aferré tanto a tí ese día...). O si no traíamos paraguas, entrelazábamos nuestros brazos para caminar una al lado de la otra, muy pegada a la otra, porque bueno, hacía frío, y escuchábamos jazz un audífono tú y uno yo, mientras caminábamos lentamente a la estación del Metrobús, y una vez abordando, sentíamos inminente el pesar de que, conforme pasaran las estaciones, estaríamos próximas a despedirnos. Y seguía lloviendo. 

Pues sí. Había nada de casual en ello.
La lluvia nos juntó siempre.
Para Jimena

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