Mesas descalzadas.
Si tomamos dos objetos con las mismas características físicas o esenciales podríamos afirmar que A es igual a A. Error. Desde que son dos, ya no son iguales.
Nos sentamos a una mesa que elegí yo. Había dos mesas. Elegí "esa". Se movía levemente hacia su derecha. Nos gustó que se moviera tímidamente porque no intentamos remediarlo. "Teníamos una hora". Comíamos, platicábamos, reíamos, fumábamos y coqueteábamos. Mejor dicho: coqueteábamos mientras comíamos, platicábamos, reíamos y fumábamos. El postre estaba en la comisura derecha de mi boca.
Esa hora que jamás nos perteneció, desapareció, y entramos al mejor cuarto obscuro, ese donde se mete uno a la mitad de los sueños de alguien. Y ahí estábamos, con un montón de imágenes moviéndose frente nuestro mientras una fuerza y tensión intensa llovía sobre las dos. Nos rige. Nos llueve. Nos hizo terminar acariciándonos suave y sensualmente las palmas de las manos. Sentía las vibraciones mágicas en mi cuerpo. Suspirábamos a escondidas.
Nos sentamos de nuevo a la mesa que elegí yo al salir del cine. Había dos opciones. La elegida fue "esa". Se movía a su derecha se nuevo.
Vaya... Podríamos ser las mismas que éramos antes de entrar al cine...
Pero no lo éramos.
Esas caricias fueron el equivalente a quitarnos ambas un cabello que no volvería a ser parte de nosotras; a cambiarnos el nombre; a dar un paso de derecha a izquierda; a escuchar a Morrissey transitando Insurgentes cuando podríamos haber transitado Revolución.
Paralelas...
Y compartimos nuestra nueva existencia mientras veíamos a nuestra mesa tambalearse y transformarse. Para Price
Nos sentamos a una mesa que elegí yo. Había dos mesas. Elegí "esa". Se movía levemente hacia su derecha. Nos gustó que se moviera tímidamente porque no intentamos remediarlo. "Teníamos una hora". Comíamos, platicábamos, reíamos, fumábamos y coqueteábamos. Mejor dicho: coqueteábamos mientras comíamos, platicábamos, reíamos y fumábamos. El postre estaba en la comisura derecha de mi boca.
Esa hora que jamás nos perteneció, desapareció, y entramos al mejor cuarto obscuro, ese donde se mete uno a la mitad de los sueños de alguien. Y ahí estábamos, con un montón de imágenes moviéndose frente nuestro mientras una fuerza y tensión intensa llovía sobre las dos. Nos rige. Nos llueve. Nos hizo terminar acariciándonos suave y sensualmente las palmas de las manos. Sentía las vibraciones mágicas en mi cuerpo. Suspirábamos a escondidas.
Nos sentamos de nuevo a la mesa que elegí yo al salir del cine. Había dos opciones. La elegida fue "esa". Se movía a su derecha se nuevo.
Vaya... Podríamos ser las mismas que éramos antes de entrar al cine...
Pero no lo éramos.
Esas caricias fueron el equivalente a quitarnos ambas un cabello que no volvería a ser parte de nosotras; a cambiarnos el nombre; a dar un paso de derecha a izquierda; a escuchar a Morrissey transitando Insurgentes cuando podríamos haber transitado Revolución.
Paralelas...
Y compartimos nuestra nueva existencia mientras veíamos a nuestra mesa tambalearse y transformarse. Para Price
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