Aquél lugar al que van las cosas perdidas.

Los paraguas son los objetos que más se pierden. No tengo prueba de ello pero pienso que debe ser así. Los paraguas y los teléfonos celulares.

Me pregunto (como muchas otras personas se han cuestionado) a dónde irán a parar aquellas cosas.
Yo sí creo en que hay un lugar a donde llegan. Inmediatamente de que uno las abandona y quedan a la deriva del mundo, son transladadas a ese lugar donde nadie tiene dueño ni alguien que se percate de su ausencia, que le eche de menos. Quizá sea un almacén, o un distrito, o una isla o un planeta. Llegar ahí debe ser el temor más grande compartido por todos y todo. Hasta cierto punto es más doloroso que la muerte.

Imagino cómo es aquél lugar. Si es almacén (o bodega) es completamente blanco; no hay ventanas ni puertas ni tragaluces. Si es distrito, isla o planeta, es árido, plano; no hay árboles, ni aire, ni sol, ni agua ni alimento. Se ve al horizonte y se vislumbra más y más nada. Las cosas perdidas se encuentran esparcidas sin orden alguno. Hay cosas que aún conservan el frescor de una memoria, del lugar del que provienen. Otros llevan tanta eternidad en aquél sitio que quizá ya no saben quiénes son. O si son. O si ya no son.

Lápices, aretes, chamarras, calcetines, sombreros, libros, lentes de sol, cámaras, carteras, bolsas, mochilas, relojes, audífonos, reproductores de música, balones, credenciales, encendedores, dinero de todos los países que conocemos y de los que no, perros, niños, dignidades, virginidades, tiempo, memorias, esperanzas, amores y, por supuesto, paraguas y teléfonos celulares.

He tratado de descifrar el misterio de ese lugar. Quiero hallarlo y llegar sin tener que perderme. Quiero ir a encontrar todo aquello que por descuido perdí. Si dejo pasar más tiempo, aquello que olvidé puede arrastrarme hasta aquél sitio...

Quizá deba ir al fin del mundo...

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