La copiloto del Neón naranja.
La chica del panda tatuado manejaba sonriente. Fuera del vehículo, el mundo y la vida transcurrían más rápido que la velocidad alcanzada por ella al presionar el acelerador; dentro del vehículo, su pequeña mano se entrelazaba con la de ella. Se veían. No hablaban. No escuchaban música. No llevaban las ventanillas abiertas. Ahí dentro, no existía el silencio.
Ella miraba a la chica del panda tatuado. Había pensado hacía ya casi un año que no volvería a ser la copiloto de aquél automóvil. Siempre creyó en aquellos designios del destino, en los encuentros fortuitos...
La primera vez que se encontraron, fue justo ella, la copiloto, quien la encontró. Le había dicho: "Teníamos que esperar a este momento de nuestras vidas para estar juntas. No podíamos haberlo estado si me hubieras conocido hace dos años". Lo cierto era que jamás se enamoraría como se enamoró de la chica del panda tatuado. Lograr mirarla a los ojos por más de cinco segundos ya le suponía un logro; escuchar su voz sin sentir su piel erizándose era imposible; sentir su tacto era el detonante de una revolución en los latidos de su corazón. No podía evitarlo; tampoco quería hacerlo. Sabía que quería ser la copiloto de aquél Neón para siempre. Infinitamente.
La segunda vez que se encontraron, fue la chica del panda tatuado quien encontró a la copiloto. La buscó. Eran destino. Eran un "somos".
La chica del panda tatuado volteó a verla; le sonrió, le guiñó un ojo. Soltó brevemente su mano y encendió el reproductor de CD's del automóvil. Al comenzar la canción, ella reconoció enseguida lo que escuchaba y pegó un grito de emoción. Era Jamiroquai. Cuando la chica del panda tatuado había conocido a la copiloto y se había enterado de que su grupo favorito era ese, no pudo evitar recordarla con ese grupo. Lo cierto es que siempre se habían amado.
La copiloto del Neón naranja cantó con el corazón latiéndole más frenético que en ninguna otra ocasión en su vida. Era uno de esos momentos en que uno piensa "esto es felicidad". Lo era. Era el amor en forma de mujer, el amor en forma de noche, el amor en forma de música, el amor dentro de un Neón naranja.
Había creído que no volvería a sostener su mano mientras manejaba…
Y la vida decidió que de nuevo se debían encontrar.
Ella miraba a la chica del panda tatuado. Había pensado hacía ya casi un año que no volvería a ser la copiloto de aquél automóvil. Siempre creyó en aquellos designios del destino, en los encuentros fortuitos...
La primera vez que se encontraron, fue justo ella, la copiloto, quien la encontró. Le había dicho: "Teníamos que esperar a este momento de nuestras vidas para estar juntas. No podíamos haberlo estado si me hubieras conocido hace dos años". Lo cierto era que jamás se enamoraría como se enamoró de la chica del panda tatuado. Lograr mirarla a los ojos por más de cinco segundos ya le suponía un logro; escuchar su voz sin sentir su piel erizándose era imposible; sentir su tacto era el detonante de una revolución en los latidos de su corazón. No podía evitarlo; tampoco quería hacerlo. Sabía que quería ser la copiloto de aquél Neón para siempre. Infinitamente.
La segunda vez que se encontraron, fue la chica del panda tatuado quien encontró a la copiloto. La buscó. Eran destino. Eran un "somos".
La chica del panda tatuado volteó a verla; le sonrió, le guiñó un ojo. Soltó brevemente su mano y encendió el reproductor de CD's del automóvil. Al comenzar la canción, ella reconoció enseguida lo que escuchaba y pegó un grito de emoción. Era Jamiroquai. Cuando la chica del panda tatuado había conocido a la copiloto y se había enterado de que su grupo favorito era ese, no pudo evitar recordarla con ese grupo. Lo cierto es que siempre se habían amado.
La copiloto del Neón naranja cantó con el corazón latiéndole más frenético que en ninguna otra ocasión en su vida. Era uno de esos momentos en que uno piensa "esto es felicidad". Lo era. Era el amor en forma de mujer, el amor en forma de noche, el amor en forma de música, el amor dentro de un Neón naranja.
Había creído que no volvería a sostener su mano mientras manejaba…
Y la vida decidió que de nuevo se debían encontrar.
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