Lunes horrendo.

Me despedía. Habíamos acabado la sesión fotográfica y querían ir a chelear. No se por qué no me apetecía; sólo sabía que me quería ir en ese momento. Presioné el botón del elevador. Un señor llegó y se paró a mi lado, esperando. Esperamos. En verdad tardó mucho en llegar a nuestro piso. Me ofreció un cigarro (aquél hombre, cuando llegamos a PB) y lo desprecié; hace unos meses que fumo sólo en fines de semana, y eso ciertamente me costó mucho.

Salí por el estacionamiento. Hacía mucho calor… El sol nos quemaba a mí y a la mujer que esperaba poder cruzar la calle. Tomé mi celular, tenía que hablarle a Marli. Sonó 8 veces antes de mandarme al buzón de voz. Colgué, guardé el teléfono en la bolsa de mi pantalón y volteé a ver si venían autos sobre prolongación División del Norte. El primer camellón estaba despejado, así que crucé.

Fue entonces que el destino me hizo la mala jugada; comprendí que el elevador se había tardado, que me había entretenido rechazando el cigarro, que me había detenido a sacar el teléfono y hacer una llamada a la cual no atendieron, y más importante aún, decidí irme, por que justo en el momento en el que volteé a mi derecha para asegurarme de que podía cruzar el segundo camellón de dicha avenida, vi el Neón naranja metálico cruzando la misma calle que yo, sólo que en dirección contraria a mí.

Siempre que veía un Neón naranja miraba a la persona del interior. Normalmente era cualquiera, pero ésta vez me encontré con la mata de cabello negro azabache, peinado de manera que se ve despeinado todo el tiempo, y con esos ojos café claro delineados siempre como si fuese un panda. El tiempo pasó tan lento… Ella volteaba a la derecha (hacia mí) para ver si podía cruzar la calle, yo volteaba a la derecha también… Y nuestras miradas parecía que se encontrarían en segundos. En cuanto me di cuenta que era ella, volteé la cabeza hacia enfrente y caminé… Reparé en que algo estaba entre su mirada y la mía: una cabeza, de cabello rojo y lacio… Que volteaba a verla a ella, por lo cual no pude observarle el rostro. Llegué a la acera y regresé mi mirada. Se había ido… Yo sabía que no me lo había imaginado.

Caminé hacia avenida Acoxpa. Ahora que lo pensaba, ni siquiera sabía por qué había cruzado la calle: mi autobús hacía parada en la acera donde estaba. Mi corazón se agitó en extremo… Me dolía. "Normalmente yo era la copiloto", pensaba. "Me habrá visto?…" Y, estúpidamente, creí que en cualquier momento mi celular sonaría por una llamada o mensaje suyo. Así llegué a Acoxpa, y nada. Mi corazón no paraba, parecía una roca contra mi pecho. Sentía ya el agua salina en los ojos.

Antes de cruzar de nuevo esperé dos minutos. Quizá pasarías por ahí para cerciorarte de que era yo. Nada… Ningún Neón naranja.

Compré un cigarro… Y fumé, mientras caía una de esas gotitas de agua salina y el sol se ocultaba entre nubes.

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